Meditação Diária - Padre Francisco Fernández Carvajal

Video da Missa de São Pio V para os sacerdotes

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Manual do Acólito

http://www.presbiteros.com.br/site/wp-content/uploads/2009/08/manualdoacolitoatual.pdf

Documentos da Conferencia Episcopal Portuguesa:

Sermón del Cardenal Newman: Esperando a Cristo

Reacções: 

Cuando el Señor se estaba yendo, dijo que volvería pronto. Y sin embargo, sabiendo que al decir “pronto” muchos se verían inducidos a error, agregó “de repente” o “como un ladrón”: “He aquí que vengo como ladrón. Dichoso el que vela y guarda sus vestidos”. (Apoc. XVI:15). Si su Segunda Venida hubiese ocurrido pronto, en el sentido que habitualmente le damos a la palabra, no podría haber sido repentina también. No creemos que los sirvientes de un señor que anuncia que sale a una fiesta puedan sorprenderse por su regreso unas pocas horas después. Su vuelta nos tomará por sorpresa y nos parecerá repentina sólo porque nos parecía que se demoraba. La expectativa es madre de la espera; mas la demora hace que ya no esperemos. De modo que al anunciar el Cristo que su Segunda Venida sería pronto a la par que repentina, también nos anunciaba que la espera se nos haría larga.

Y con todo, aunque nos parezca que se demora, sin embargo declaró que vendría prestamente a la vez que nos mandó estar en todo tiempo atentos a su regreso; y como sabemos por las Epístolas, de hecho sus primeros discípulos velaban constantemente. Por cierto que constituye nuestro deber también velar a la espera de su Segunda Venida que ha de suceder muy pronto, por más que hace casi dos mil años que la Iglesia lo ha esperado en vano.

¿No es significativo que en el último libro de las Escrituras —del que se desprende con más claridad que ningún otro que la Iglesia duraría mucho tiempo— se nos asegura tantas veces y tan explícitamente que la vuelta de Cristo sería pronto? Incluso en el último capítulo se repite tres veces: “Mirad que vengo pronto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro”; “He aquí que vengo presto y mi galardón viene conmigo”. Y nuevamente, en el texto: “El que da testimonio de esto dice: ‘Sí, vengo pronto’”. Así es el anuncio; y, en consecuencia, se nos manda estar siempre en vela, tensos hacia el gran Día, “esperando de los cielos a su Hijo” (I Tes. 1: 10), “esperando y apresurando la Parusía del día de Dios” (I Pet. III: 10).

Claro que también es verdad que en una oportunidad San Pablo advirtió a sus hermanos contra la ilusión de un regreso inmediato del Señor; pero no dice más que esto: que el Cristo enviará una señal que precederá inmediatamente su venida —un cierto terrible enemigo de la verdad— seguido luego de El mismo, de modo que no se halla en nuestro camino, ni impide que ojos anhelantes lo esperen. Y en verdad, pareciera que San Pablo más bien advierte a sus hermanos contra la desilusión porque Cristo no aparece aún, antes que disuadirlos de la espera.

Pues bien, se podría tal vez objetar que hay aquí una suerte de paradoja: ¿Cómo es posible —se nos pregunta— esperar permanentemente algo que tarda tanto? Lo que tanto ha tardado en suceder, puede tardar aún mucho más. Para los primeros cristianos era posible quizá esperar así al Cristo, pero ellos no contaban con la experiencia del largo período durante el cual la Iglesia lo ha estado esperando. No podemos sino usar de nuestra razón: no hay ahora más razones para esperar al Cristo que otrora, cuando, como ha quedado claro, El no vino. Los cristianos han estado esperando en todo tiempo el último día, y siempre se han visto desilusionados. Les ha parecido ver señales de Su venida —particularidades de su tiempo que un poco más de conocimiento sobre el mundo, una experiencia más dilatada de la historia, les habría indicado ser común a todas las épocas. Han estado asustados sin motivo valedero, inquietos en sus mentes estrechas, construyendo sobre sus supersticiosas veleidades. ¿En qué época no ha habido gente persuadida de que se acercaba el Día del Juicio? Tales expectativas no han sino inducido a la indolencia y la superstición. Y deben ser consideradas como evidencias de debilidad.

Bien. Ahora trataré de contestar alguna cosa a esta objeción.

Y en primer lugar, considerada como objeción a la continua espera (para usar una frase común), prueba demasiado. Si se la sigue hasta sus últimas consecuencias de manera consistente, no debería esperarse el Día del Señor en ninguna época; la época en que vendrá (sea cuando sea) no debiera esperarLo; que es precisamente contra lo que se nos advirtió. En ningún lugar nos advirtió contra lo que despreciativamente llaman superstición; y en cambio nos advirtió expresamente contra una confiada seguridad. Si es verdad que no vino cuando los cristianos Lo esperaban no es menos cierto que cuando venga, para el mundo será un suceso inesperado. Y así como es verdad que los cristianos de otros tiempos se figuraban ver señales de Su Venida cuando de hecho no había ninguna, es igualmente cierto que cuando aparezcan, el mundo no verá las señales que lo anticipan. Las señales de Su Venida no son tan claras como para dispensarnos de intentar discernirlas, ni tan patentes que uno no pueda equivocarse en su interpretación, y nuestra elección pende entre el riesgo de ver lo que no es y el de no ver lo que es. Es cierto que muchas veces, a lo largo de los siglos, los cristianos se han equivocado al creer discernir la vuelta de Cristo; pero convengamos en que en esto no hay comparación posible: que resulta infinitamente más saludable creer mil veces que El viene cuando no viene que creer una sola vez que no viene cuando viene.

mais: http://www.juventutem.com.ar/2011/08/sermon-del-cardenal-newman.html

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